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sábado, 10 de octubre de 2015

Piramide de la Paternidad

Piramide de la paternidad

Ser padre no significa dejar de existir como individuo. Al contrario; una buena gestión de nuestras necesidades nos permitirá dar lo mejor de nosotros con placer y determinación. Procediendo así, nuestro propio placer y la atención a nuestra familia se alimentan mutuamente.



Mis amigos sin hijos suelen decirme que mi vida es muy sacrificada. Supongo que le pasará a todos los padres. Me dicen que antes de atarse a semejante responsabilidad quieren viajar, salir de fiesta y aventurarse con proyectos arriesgados. No los culpo, la idea de cargar con vidas ajenas suena aterradora. 
Pero, ¿qué pasa con los que ya renunciamos a nuestra libertad y disfrute a manos de la familia? ¿Cómo hacemos para encontrar placer entre tanta responsabilidad?
Para la mayoría de los padres es muy común el siguiente diálogo interno:


-Venga, los niños duermen, aprovecha y coge el libro, a ver si te acuerdas de qué iba. Y ponte una cerveza.
-Mala idea, además, no tienes cervezas hace tiempo. Mejor aprovecha estos 15 minutos para cerrar algún asunto del trabajo
-¿Trabajo? pero si no dejas de trabajar nunca. Estás agotado. Vale, olvídate de la cerveza y del libro. Siéntate un rato en el WC y trastea con el móvil
-¡Deja ya el facebook! Eso solo te enfada. Mira, organízate bien y te vas de cañas el viernes con los colegas; dejas a los niños dormidos y te escapas un ratín. Ahora céntrate en todo lo pendiente. Como siga creciendo la lista te vas a agobiar. Ponte con la puerta del armario, aunque te cueste empezar, te lo agradecerás.
-Pero si estas agotado, además no puedes esperar a las cañas del viernes; siempre se truncan. En cuanto los niños se duermen te entra un sopor… Aprovecha ahora, como sea.




Esto podría seguir eternamente. Para la mayoría de nosotros el conflicto entre responsabilidades y deseos es constante. Hacer caso al llamado del placer nos deja con una sensación de culpa -o irresponsabilidad-, pero cuando decidimos dedicarnos a las obligaciones nos sentimos grises y, enfadados, nos preguntamos sobre el sentido de nuestras vidas. Con el tiempo es la propia culpa la que nos hace cumplir con las responsabilidades. Y el resentimiento llamar a los amigos o coger la bicicleta. Dejamos de elegir libremente.


Sin darnos cuenta nos ahogamos lentamente en una masa de responsabilidades mientras perdemos placer y disfrute. Los niños crecen y cuando no es una cosa es otra. Es un callejón sin salida.

¿Lo es? ¿De verdad no hay salida?


Lo cierto es que si. Espero que mi propuesta te sirva de ayuda.


De entrada podemos apuntar a un equilibrio. Dedicarnos al gusto y a las obligaciones de forma alternada; cuando nuestro peso se exceda hacia alguna dirección, corregimos.

Ahora, es importante dar un paso más y replantearnos la cuestión desde el principio, pues de lo contrario seguimos alimentando la raíz del problema: seguimos pensando que deber y placer están reñidos.

Como caballos desbocados, lo que DEBO hacer y lo que QUIERO tiran de nosotros hacia direcciones totalmente opuestas. El caballo bueno nos recuerda lo importante que es cumplir con las obligaciones y el malo lo aburrida que es la vida sin placeres (o al revés, esto ya depende de cada uno). Por si esto fuese poco, no importa cuánto caso hagamos a sus peticiones, no cesan de tirar.

Dado que entre dos oponentes siempre habrá lucha, entonces ¿qué tal si hermanamos a las bestias?.


Entendiendo responsabilidades y placer como dos caras de una misma moneda podemos ser nosotros los que llevemos las riendas.


Para hacernos con el mando, entonces, analicemos la naturaleza de estas inclinaciones.

Puede ayudarnos la visión que tuvo Abraham Maslow sobre la motivación humana. Propuso que a todos nos empuja -y guía- la necesidad constante de encontrar los ingredientes necesarios para mantenernos vivos. Es muy interesante -y revelador- que haya utilizado la palabra “necesidad” para referirse a todo lo que las personas buscamos, desde alimento a la felicidad más plena. Especialmente porque su interés era entender cómo es que elegimos y nos impulsamos hacia determinadas direcciones.


En resumidas cuentas, la necesidad no es una cualidad de las cosas, sino una fuerza que nos dirige momento a momento. Cuando el hambre está satisfecha, la comida deja de ser necesaria. De la misma forma, cuando una serie de necesidades están cubiertas de forma estable, aparecen otras más complejas. ¿Te acuerdas de cuando empezaste a vivir por tu propia cuenta? En esos momentos una cama cualquiera y un plato de pasta mal hecha sabían a gloria. Cierto tiempo después, empezaste a necesitar mayor comodidad en casa, mejor descanso y tranquilidad. Luego, encontrar un trabajo afín a tus inquietudes y en el que te sintieses más reconocido y así sucesivamente.

Siguiendo esta idea, Maslow clasificó las necesidades en cinco grandes niveles que se suceden en complejidad y en el último colocó la de autorrealización: encontrar un sentido a todo lo que hacemos; percibirnos útiles y eficientes; y sentir que nuestro paso por la vida deja una huella importante. Cuando la mayoría de las personas hablamos de felicidad nos referimos a esto.

Podemos decir entonces que nuestra satisfacción depende de cómo respondamos al llamado de esta fuerza que algunas veces tendrá cara de “obligación” y otras de “placer”. Visto así, proveer a los hijos de buenos alimentos y compañía es tan importante -y gratificante- como saber transmitir nuestro apoyo y amor a nuestra compañera, pasar una noche de disfrute con los amigos o procurarnos ratos de silencio, soledad, descanso y/o reflexión.


En el padre autorrealizado, el placer se puede vivir como una obligación y la obligación con placer.

Esto supone que, más allá de las gratificaciones inmediatas, una felicidad firme y duradera viene de ir haciéndonos con el mando de nuestra vida de tal manera que demos a cada cosa que hacemos, elegimos y renunciamos un sentido. Es buena idea, entonces, aprender a atender y entender nuestras necesidades; las distintas caras que adoptan. Es habitual el error de menospreciar ciertas necesidades y aferrarnos a otras, o atarnos de forma compulsiva a una actividad que dejó de ser necesaria hace tiempo -y que por lo tanto aporta muy poca o ninguna satisfacción.


Una clave fundamental para esta gestión es entender que detrás de la cara que adopta la necesidad en determinado momento, está su esencia (muy probablemente sea uno de los 5 niveles de la pirámide). Es a esto a lo que hay que atender. Por ejemplo, como padres no necesitamos que nuestros hijos duerman en su cuna, lo que necesitamos es procurarnos un sueño reparador. Más allá de lo que queramos transmitir a nuestro hijo con el formato que elijamos para su higiene de sueño, entender la esencia de nuestra necesidad nos permitirá tomar decisiones más acertadas y adaptarnos a la situación de forma realista. Siguiendo esta idea, cuando identificamos nuestra necesidad de reconocimiento, sabremos que las posibilidades para hacernos con él son amplísimas.


Con creatividad para probar nuevos caminos e improvisar podremos satisfacer nuestras necesidades sin chocar con las circunstancias u otras necesidades.


Si bien ayuda mucho pensar en una sola necesidad a la hora de gestionarla, lo cierto es que nos movemos en una matriz de necesidades que se interrelacionan de forma compleja. De esto se desprende la importancia de conocernos lo suficiente para priorizar, desarrollar paciencia y conocer a fondo de lo que se nos da bien y lo que se nos da mal.

Dado que cada persona es única, el camino hacia la autorrealización es impredecible e intransferible. Aceptando la invitación que nos brindan nuestras necesidades descubriremos los rincones más preciosos de nuestra existencia y nos encontraremos con lo más auténtico que hay en nosotros. He visto que la mejor disposición es la de descubrirnos en el proceso.


La idea es que el necesitar nos sirva como herramienta, y no como limitación. Cada necesidad nos indica el paso que nos llevará a un estado de felicidad estable y duradera.


Aun así, hay ciertos pensamientos, ideas y actitudes muy comunes entre los hombres que suelen entorpecer la gestión de nuestras necesidades. La mayoría de las veces basta con identificarlos en el momento en que aparecen. Te comparto, entonces, los más habituales:


  • Dejamos que algo o alguien externo dicte nuestras necesidades. Hacemos caso a lo que un libro, nuestra compañera, amigos, profesionales o familiares dicen sobre qué es y qué no es propio de un padre.

  • Prestamos poca atención a ciertas necesidades: Nos sentimos avergonzados, culpables y potencialmente juzgados por necesitar determinada cosa. Esto puede llegar a ser tan obstaculizante que ni siquiera nos permitamos enterarnos de lo que de verdad necesitamos. Esto suele suceder mucho con la necesidad de reconocimiento pues nos parece demasiado egocéntrica o infantil de nuestra parte. Sin embargo, muchos padres nos sentimos dolorosamente invisibles.

  • Nos aferramos a una necesidad que ha dejado de serlo hace tiempo: De la misma manera que ya no jugamos con cochecitos, lo que hace dos años nos proporcionaba placer puede que haya dejado de hacerlo o no tenga ya sentido en la nueva configuración familiar.

  • No prestamos atención a nuestros éxitos -necesidades satisfechas- y nos perseguimos con lo que aún queda por hacer.

  • Desacreditamos las necesidades que no conseguimos satisfacer rápidamente: Por ejemplo, en la relación con nuestra compañera (o compañero), tras algunos intentos fallidos de mayor cercanía desistimos y pensamos que no pasará nada si prescindimos de eso que nuestro corazón -o cualquier otra parte de nuestro cuerpo- pide.

  • Pensamos erróneamente que unas necesidades son más importantes que otras. Aunque unas se presentan de forma más acusada que otras, de cara a tu felicidad de padre todas cumplen una misma función: llevarte hacia ella. Piensa en una cadena; cada eslabón cumple la misma función y es la continuidad en su unión lo que hace que de simples aros pasen a ser una cadena.


Como puedes ver, las necesidades nos muestran el camino directo hacia el bienestar. Forman una intrincada red única para cada persona; descanso, diversión, silencio, cariño, cervezas, retos, apoyo, información... Solo tu podrás reconocer lo que necesitas. Ábrete a este llamado con inocencia y respeto; desarrolla tu sensibilidad para descubrir cuál es el paso que tienes que dar a cada momento. ¡Y para descubrir la mejor versión de ti!


:)

martes, 6 de octubre de 2015

Paternidad, un estado mental.



Leí los textos de Purificació Mascarell, Barbara Celis y Sergio del Molino sobre el efecto que produce la paternidad/maternidad en las personas. No puedo aguantar las ganas de aportar mi punto de vista.

Soy padre forofo.

Tengo quince minutos para escribir antes de bañar a mis hijos y empezar la faena nocturna. En el salón están mi madre que ha recorrido 9000 kilómetros para ver a sus nietos; mi compañera de vida; y su tía que hace de abuela para nuestros hijos. Ella no tuvo hijos, así lo escogió con su parejo. No hace falta que ahonde en la profundidad simbólica y existencial de esta imágen tan simple.

Por otro lado, si has leído los textos que inspiran este comentario significa que has dedicado ya un buen rato. Los padres carecemos de eso, ratos, así que iré al grano:

Tener hijos no atonta. No tenerlos tampoco.

Para los que no leyeron los textos mencionados, el primero dice -a su manera- que tener hijos es un quehacer retrógrado pues frena el desarrollo pleno de la persona. Los autores de las respuestas, en resumidas cuentas y con su toque personal, defienden que su paternidad/maternidad los ha llevado a mejores -mucho mejores- versiones de sí.

No quiero entrar en el debate. Sin duda alguna me sumo a lo que dicen Bárbara y Sergio; ser padre es la mejor medicina jamás creada para el mal que me acaece. Sin embargo, encuentro cierto valor en las palabras de Purificació, aunque admito que me ha supuesto hacer a un lado mi orgullo de padre; la paternidad cambia a la persona de forma radical, así que conviene hacerla una elección consciente, honesta, íntima, libre e intransferible.

¿Quieres que tu paternidad te de los mayores tesoros de la vida? Entrégate completamente a ella. Como un guerrero, un vividor, maestro o lo que más te guste, pero enfréntate a los miedos y retos que plantea como si se te fuese la vida. De hecho, en realidad, nuestra vida se va en esto. Para mi, por ejemplo, supuso un encuentro sangriento con el terrible miedo que tenía a perder la libertad. Pero, afortunadamente, mis hijos me han enseñado que la libertad no tiene que ver con la posibilidad de hacer todo, sino con la de ser consciente. 

¿No quieres tener hijos? No te preocupes, no hacen falta hijos para sembrar un futuro mejor y no solo por tenerlos contribuirás a nuestro desarrollo. Hay mil maneras de llevar tu vida adelante y es cierto que la paternidad es un engorro; pone de manifiesto todo lo que falta por resolver en nuestro interior.

Como todo en la vida, la importancia no reside tanto en lo que hacemos sino en el cómo y desde dónde.

Por mi parte, mientras la vida me hace padre, estoy descubriendo el inconmensurable gozo de salir del foco y entregarme por completo. Créeme, la risa de mis hijos y la tranquilidad de mi mujer tienen un sabor mucho más exquisito que mi risa, mis planes o cualquier cosa que quiera para mi.

Y bueno, no podemos obviar que la única manera de perpetuar la presencia del humano es teniendo hijos. Claro que cada uno puede elegir y no hace falta que todos tengamos hijos, pero...

:)

jueves, 20 de agosto de 2015

Cuatro verdades esclarecedoras sobre la paternidad






1.- Ser padre supone una intensa frustración: Indudablemente todos llegamos al nacimiento de nuestros hijos con la mochila llena de expectativas, creencias, imágenes, recuerdos, miedos, consejos, teorías, ascos y todo tipo de elementos que distorsionan y nos impiden ver, comprender y gestionar con claridad nuestra nueva vida. Quizá esto sea lo último que un futuro padre quiera escuchar, pero es inevitable que la paternidad, aunque probablemente sea la experiencia más gratificante, hermosa y liberadora que jamás viviremos, nos hará experimentar mucha confusión y frustración. Noches insomnes, la paciencia que se acaba, diferencias insalvables con la pareja, presiones, dudas, deseos de criar lo mejor posible, no ser protagonista ya de nuestro tiempo, espacio y ocio, el consejo de los médicos, madre, suegra, vecina, amigos, libros... Queramos verlo o no, tarde o temprano nos descubrimos chocando molestamente contra el hecho de que nuestra forma habitual de ser y hacer no nos aporta las respuestas que necesitamos.

2.- Este desasosiego ocurre porque nos resistimos al enorme cambio que supone ser hombre de familia: Sin saberlo ni pretenderlo nos aferramos a esa mochila que tanto nos pesa y la defendemos a muerte. Ya sea porque nos aterra deshacernos de su contenido o porque creemos que no hay alternativa, intentamos rabiosamente que la vida se amolde a los conceptos que contiene. Esto nos lleva a lecturas muy poco acertadas acerca de lo que vivimos, de esto siguen decisiones erróneas y estas, junto con el tren de consecuencias que generan, nos hacen creer que solo somos víctimas de las circunstancias. Culpamos al humor de nuestra mujer, a sus hormonas, familia o hábitos, culpamos a nuestra larga jornada de trabajo y lo cansados que nos deja, nos culpamos a nosotros y empezamos a sentir que nos equivocamos con esto de ser padres y que en el fondo no estamos hechos para la familia. Cargamos la escopeta en contra de todo menos de la única causa de este enorme malestar: nuestro testarudo intento de hacer que la vida -hijos, compañera, jefe, amigos, economía, etc.- se comporte como nosotros creemos que debería de hacerlo.

3.- Existe una salida en este laberinto: No te preocupes, es posible terminar con esta confusión. Además de disfrutar enormemente de tu nueva vida, podrás darle a tu familia lo mejor de ti. Para eso tienes que empezar a darte cuenta de las creencias y expectativas con que coloreas la realidad, las proyecciones que impiden ver con claridad lo que SÍ está sucediendo.

4.- La paternidad misma ofrece las pistas para salir del laberinto: La disolución del engaño empieza cuando reconocemos que el origen de nuestro padecimiento reside en la manera que tenemos de ver la vida y no en los acontecimientos externos. Disponte entonces con ánimos de echar mano a tu cableado interno y deja de esperar que las cosas afuera cambien. Dado que cada persona es única e irrepetible, aunque el problema de raíz sea uno solo, el camino para diluir la confusión variará. Existen muchas herramientas y recursos en los que apoyarte, van desde la información veraz y liberadora, la buena compañía y la comunicación honesta con tu pareja hasta la psicoterapia, la meditación y el contacto con otros hombres y padres con los que compartir el camino. Sea lo que sea hay una tarea central que puedes empezar a realizar en este mismo instante y mediante la cual podrás hacerte con el mando de tu vida: ya que los problemas se deben en gran medida a tu disposición interna, cada vez que sientas frustración, enfado, dolor, miedo, impotencia, resentimiento, culpa, indefensión, o cualquier otra emoción dolorosa, presta atención a cómo estás. Mira la actitud y los pensamientos que alimentan dicha emoción y permite que cada problema te indique la expectativa que tienes que soltar, la creencia que debes modificar y, sobre todo, la realidad que no estás aceptando. Algunas pistas que pueden ayudarte y que sin duda alguna te librarán inmediatamente de mucha frustración son las siguientes:

  • Presta especial atención a frases -pensamientos- internos del tipo “estoy enfadado con ... porque ha hecho ...”. Aunque hablan de una emoción, no reconocen tu implicación en los acontecimientos. Sería más acertado, por ejemplo, constatar que dicho enfado viene de una expectativa tuya que no se ha cumplido y que no habías cotejado con la naturaleza de la situación o las personas implicadas. Un ejemplo de esto sería “el enfado ha surgido a raíz perderme el partido de fútbol que pensé que podría ver si mi hijo se dormía rápidamente como otras veces, pero no ha sido así”. ¿Lo ves? En este caso la frustración ha crecido en el terreno de una creencia errónea -los hijos cumplen impecablemente con sus horas de sueño- y una planificación por lo tanto absurda -que se podría ver el partido. 
  • Deja de responder inmediatamente. Aprende a generar un espacio entre los eventos y tus reacciones. Utiliza este espacio para mirar detenidamente lo que sucede. 
  • Mira lo que está alrededor de las emociones: las actitudes que producen y los pensamientos con que se alimentan. Siguiendo el ejemplo del partido de fútbol, podríamos decir que del enfado se desprende poca paciencia hacia el hijo; una creencia secundaria de que duerme mal y es necesario hacer algo al respecto; culpa por no poder dormir al niño “como lo hace todo el mundo”; una actitud de resentimiento hacia la pareja por no entender lo importante que son los partidos de fútbol para el padre; la sensación de que ya nunca será posible ver fútbol; etc. 
  • No te limites a explorar solo lo evidente. Muchas veces lo visible no es la frustración y conviene recorrer el camino en dirección opuesta. Un ejemplo de esto es cuando culpamos a nuestra pareja por no hacer algo de forma correcta, es muy probable que detrás de esto se esconda un deseo frustrado del que no te habías percatado. 
  • Disponte con ánimo científico para observar sin juicios de valor lo que sucede dentro de ti, lo que haces en relación a esto y la reacción que esto causa en tu entorno y circunstancias. 
  • Deja de esperar que la vida se amolde a tus creencias.
  • Despierta tu creatividad. Cada momento de tu vida es único e irrepetible y necesita de una respuesta igualmente única. Muchas veces, lo que dicta la norma no te servirá de nada.
  • Reconoce la influencia que ejerces en lo que te sucede -interna y externamente.


Ya ves, tanto si eres padre como si vas a serlo, puedes saberte afortunado; la vida te está regalando el camino más hermoso y potente para liberarte del caos interno y la confusión que acontece en toda persona. Es cierto, lo expresado en este texto refleja el dia a dia de todas las personas y no solo de los padres, pero con el nacimiento de nuestros hijos se hace evidente la urgente necesidad de liberarnos de nuestras ataduras interiores. No hay cosa que refleje nuestra turbación mejor que la mirada pura e inocente del hijo recién llegado.

¿Cómo vivirías a partir de ahora si supieses que tienes el poder de calmar el 90% de tu malestar?

Para terminar, te propongo un ejercicio práctico que se desprende directamente de lo anterior. Ajústalo a tus necesidades y gustos.

Visualiza una situación real y que recuerdes con frescura en la que te hayas sentido claramente frustrado. Si no te viene ninguna puedes inventar una en la que sepas que experimentarías gran frustración. Ahora mira, sin adelantarte a responder, qué expectativas y creencias le dan forma. No juzgues ni dialogues con lo que encuentres, solo disponte a mirar y deja que lo que está ahí muestre su cara. Mira detenidamente cuál era el deseo que no se cumplió y contra quien cargaste las tintas de tu frustración. Si el destinatario de tu enfado fue una persona, pregúntate con afán de observar objetivamente si realmente esa persona estaba en disposición de satisfacer tu deseo. ¿Sabía de él? ¿Tenía el conocimiento, el tiempo, los recursos y la disposición para satisfacerlo? ¿Tu deseo frustrado tenía sentido dada las circunstancias o más bien era como pedirle peras a un olmo?. Haz todas las preguntas necesarias hasta encontrar la estructura que soporta tu frustración y simplemente acoge cariñosamente las respuestas que emerjan. No te apresures a darte las respuestas que siempre te has dado pues estas probablemente también sean creencias poco acertadas sobre tu realidad interna. Pregunta y espera, cuanto más desconcertante sea la respuesta, mayores serán las probabilidades de que porte información valiosa sobre ti.


**Basado en las cuatro nobles verdades de Buda**